Por Alexandra Delprado
Creativa Digital

En Mutante trabajo en el área digital, un punto de interconexión entre las editoras, las periodistas, las diseñadoras y la audiencia. Fue justo ese lugar el que me permitió ser testigo de primera mano de cómo se articuló el equipo Mutante internamente, con las comunidades que trabaja y con sus audiencias, tras el devastador terremoto del pasado 10 de agosto.
Como es costumbre, ese lunes tuvimos nuestro consejo editorial en la mañana. Ya sabíamos que el epicentro había sido San José del Palmar, en el Chocó, y en redes sociales empezaban a circular videos de fachadas destruidas, ciudades cubiertas de polvo y personas gritando fuera de cuadro.
Sin embargo, y a pesar de la urgencia que nos convocaba, decidimos esperar activamente: no salir a aumentar el ruido digital, sino tener claro primero cómo podíamos contribuir desde el lugar que ocupamos en el ecosistema informativo del país.
Todas las personas que conformamos el equipo acordamos convocar a nuestras más de 35 comunidades en WhatsApp, que se fueron creando a lo largo de estos más de siete años, y que están conformadas por personas de todo el país con interés en contribuir al periodismo participativo desde sus conocimientos (como en el caso de la comunidad de Emergencia Climática) o desde sus experiencias de vida (como en el caso de la comunidad de Adopción), muchas de ellas ubicadas en las zonas afectadas directamente por el temblor.
Al principio solo hubo silencio. Las respuestas llegaron a lo largo de la tarde y hasta la mañana siguiente. Con cada mensaje tejíamos nueva información.
El martes decidimos comenzar a aportar información de varias maneras. La primera fue a través de la comunidad de Enjambre, un movimiento de participación digital y narrativas locales integrado por 27 líderes y comunicadores afro. Con ellos venimos desarrollando un proceso para fortalecer sus habilidades de comunicación digital y posicionar sus narrativas. Algunos, que viven en el Medio San Juan, empezaron a enviarnos videos de sus barrios y comunidades.
En redes sociales y otros medios todavía era muy poca la información sobre el Chocó, así que decidimos enfocar ahí la mirada primero. Logramos contactar a personas en Sipí. Con esos reportes y un trabajo conjunto de reportería creamos nuestro primer contenido: una publicación sobre la primera línea de rescate en el Chocó, que lejos de ser de parte del Gobierno, se articuló entre 'las seños’ y ‘los compadres' de la zona.
Luego hablamos de Buenaventura, donde la información también era muy limitada y donde buscábamos entender qué estaba pasando.
Con más intercambio de mensajes y conversaciones, y con lo que ya circulaba en redes, entendimos por qué costaba tanto que la información llegara: las personas en las diferentes regiones estaban concentradas en la búsqueda y el rescate, y en muchos lugares no había señal de internet ni luz.
Incluso el ministro del Interior, Rodrigo Lara Restrepo, dijo el primer día en una entrevista telefónica con Caracol Radio: "No sé qué pasa en el Chocó, para sele muy franco". Así lo confirmó Natalia Duque luego de su reportería para realizar esta pieza: solo 6 de cada 100 habitantes en el Chocó disponen de servicio fijo a internet.
También comenzamos a pensar en las necesidades de las personas luego del terremoto y a mirar también el periodismo de servicio, con información que le permitiera a las madres y padres hablar con sus hijos sobre el terremoto, y después, con cómo las condiciones socioeconómicas están relacionadas con la posibilidad de que las casas se caigan o resistan durante un terremoto.
Estos fueron solo algunos de los primeros contenidos que hicimos, pero nos dieron pie para avanzar sobre la marcha en el cubrimiento y decidir en dónde seguir enfocando la mirada.
Además, una sugerencia que hizo nuestra gestora de conversación, Karen Parrado, me hizo pensar que, por la emergencia, nosotras (que nunca cubrimos última hora) necesitábamos hacer también nuestro aporte desde la actualidad informativa en más lugares que las ciudades principales, para que la gente tuviera acceso real a lo que estaba pasando.
Contactamos a personas de nuestras comunidades de WhatsApp como Mutua, una red de 58 mujeres, periodistas y defensoras ambientales que se capacita para hacerle seguimiento y visibilizar temas de emergencia climática, para proponerles que nos enviaran videos breves, respondiendo dos preguntas: ¿cuál es el estado actual de la ciudad, municipio o corregimiento en el que estás? ¿Qué tipo de donaciones se requieren? Y que, a su vez, le pasaran la idea a alguien más.
Y así, de manera muy orgánica, se activó una red ampliada de información en las regiones. Preguntándole al amigo del amigo, a la vecina, al familiar, al colega…
Por nuestras capacidades, no fue posible publicar todas las actualizaciones que hubiéramos querido. Pero esto nos dejó un recordatorio: esa red no la construimos nosotras en dos semanas. Ya estaba ahí, dormida en las entrañas, esperando el momento de ayudar a otros.
Es la misma red que nuestras familias nos enseñaron sin decírnoslo del todo; la del que llama para saber si llegaste bien; la del que manda razón con quien va para allá; la del que sabe que un vecino es, muchas veces, la primera línea de auxilio. Esa manera de tendernos la mano no la inventamos, la heredamos.
Como nos enseñaron los mayores: "Hay que tenderle la mano a quien lo necesite".
Y ver, en estos días, cómo desde distintas esferas públicas nacieron iniciativas a diferentes escalas, confirma que la solidaridad, en Colombia, no es un gesto extraordinario. Es una infraestructura que llevamos dentro, que tenemos que conservar para lo que queda de la reconstrucción y que volverá a activarse cuando la tierra (literal o figurativamente) vuelva a temblar.